viernes, 23 de noviembre de 2007

UN POEMA DE ZEN

LE ABRIÓ LAS PIERNAS Y MIRÓ FIJAMENTE EN SU ALMA CON ASOMBRO

La luz neón se filtra por las cortinas, los pliegues y repliegues
de tu alma, un terciopelo lila o ciertos puntos de fuga, piernas
como tijeras entrecortando el aire o el papel de dos actores
en medio de un escenario demasiado conocido, la conjugación
de los egos en la deliciosa condena, el tránsito hacia una vía
poco concurrida, pasos peatonales —te digo— escaleras
que trepan el cuerpo, peldaños culposos que se desvanecen
por gracia de no sé qué lectura budista.
A media máquina
a medio morir saltando
a medida del cuerpo giramos en la lavadora automática
de la conciencia, ropas deshilachadas y alertas ambientales
en el engranaje del corazón —Nadie puede ser yo, pero yo
puedo ser todos
Un pedazo de cristal al sol
un guiño de la muerte
cierto salvajismo reposado en los órganos sexuales
de los que se aman, con el manual del Tantra, libros
que nadie conoce, donde tribus Sufis hacen el amor tendidos
en la hierba espectral a miles de años luz de la bomba atómica.
Pero si quieres podemos intentarlo:
la hierba verde y aireada son estas sábanas que huelen
a tabaco.
El archipiélago de nubes en el cielo son estos posters
de Lennon y Yoko Ono.
Y el mantra, una palabrita que robaremos
de las etiquetas de nuestras ropas.
Entonces, respiremos hondo y pronunciemos
el idioma estelar de las ampolletas

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